The Blessed Virgin and Saint Anne, adapted from a photo by Paul Flores; used with permission.

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Sanación Sicológica
en la Tradición Mística Católica Romana

Ayudando a que los Niños Sanen

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CONSIDERA, por un momento, la forma en que un papá disfuncional trata a su familia. En vez de ser un buen padre—agradable, amoroso hacia los demás, compasivo, humilde, y siempre devolviendo una bendición por un insulto (ver 1 Pedro 3:8)—él provocará a su esposa y a sus hijos con arrogancia y argumentaciones. De una manera u otra, sutil o abiertamente, los abatirá con sus críticas y reprobaciones. Él jugará “jueguitos de mente” con ellos, negando los sentimientos de ellos, incluso mientras se les sonríe.

En su arrogancia, él rechaza la realidad de sus hijos. Esa denegación va a herir a sus hijos profundamente. Pero, como los niños no pueden ir en busca de otro padre, y como carecen de la capacidad sicológica para entender los jueguitos mentales a los que están siendo sometidos, el dolor será conducido muy dentro de sus inconscientes, obligándolos a defenderse internamente e intelectualmente. Ellos aprenderán por sí mismos a suprimir sus verdaderos sentimientos. Mirarán al mundo con cinismo. Y el residuo de esa actitud defensiva continuará a afectar, aun en la adultez, todas sus relaciones interpersonales.

Esta continua dinámica se verá especialmente en la forma en que estos adultos ahora tratan a sus propios hijos.

Quizás tú eres uno de esos adultos.

En vez de dar validez a la realidad del dolor de tus hijos, tiendes más bien a negarlo. Cuando un niño está adoleciendo, tiendes a decir, “No es tan malo. Deja de quejarte.”

¿Qué les hace esto a los niños? Pues, ellos conocen muy bien la realidad de su dolor. Y ellos saben muy bien que tú lo está negando. Así es que, pierden confianza en ti. Y entonces ellos inconscientemente desarrollarán formas de seguir poniéndote a prueba con sus comportamientos, tratando de “conseguir” que tú por fin reconozcas su realidad. Y mientras más tú los ves como un fastidio, más ellos te ven como un fracaso.

Entonces, ¿cuál es la forma apropiada para ayudar a que los niños sanen de su dolor?

PRIMERO, dale validez a su realidad.


Para heridas corporales, di algo semejante a esto: “Si, duele, ¿verdad? ¡Y, ah, mira esa sangre! ¡Que buena sangre de rojo intenso! ¡Estas sangrando bien!”

Para heridas emocionales, hable sin rodeos, y nunca trates de proteger a los niños escondiéndoles la verdad—tenlo por seguro, ellos ya, tienen una buena idea de (qué es) lo que está pasando. Lo único que necesitan de ti es la verdad, para que ellos no tengan que inventar sus propias explicaciones imaginarias que encajen con la situación. Tú podrás decir, por ejemplo, “Si da miedo, ¿verdad? Abuelita está en el hospital porque los doctores piensan que tiene cáncer. Por ahora, no sabemos nada más. Habrán pruebas médicas en los próximo dos dias.”

 
SEGUNDO, enséñales a confiar en Dios y enséñales que todas las cosas— aún el dolor—pasarán.


Para las heridas corporales, di algo semejante a esto: “Vamos, no dolerá para siempre. El sangrado se detendrá cuando este listo para detenerse. Así es que vamos a decirle una oración a Dios para tu sanación y luego iremos a hacer lo que sea necesario para limpiar tu herida.”

Para las heridas emocionales, no mienta diciendo que todo va a estar bien. Mejor, admite que en realidad tú no sabes qué es lo que podría pasar después y enséñales a los niños a orar y a confiar en Dios. “Si, abuelita puede morir. Por eso, vamos a orar para que ella se ponga bien. Pero pase lo que pase, tenemos que confiar que Dios nos va a proteger y nos va a ayudar.”

¡Que regalo para un niño! Verdad y Fe.

¿Cuántos de nosotros nunca recibimos estos regalos? Y que embrollo tan adolorido es nuestro mundo por ello.

Cuando buscan mi ayuda en medio de una crisis de familia, los padres con frecuencia me admiten que ellos les han escondido la verdad a sus niños. Y enseguida aclaran, “Lo hice sólo para protegerlos.”

Pues, no puedes proteger a los niños escondiéndoles la verdad. Únicamente puedes protegerlos enseñándoles a confiar en la protección de Dios.

 

Traducido por Anne P.

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