De las
enseñanzas de San Doroteo, abad
Sobre la falsa paz
espiritual
El hombre que encuentra
culpa en sí mismo acepta todas las cosas alegrementeinfortunio,
pérdidas, desgracias, deshonor y cualquier otra clase de adversidad.
Él estima que es merecedor de todas esas cosas y nada le perturba.
Nadie puede tener más paz que este
hombre.
Pero quizás tu
me planteas esta objeción: Supongamos que mi hermano me
lástima, y, al examinarme a mí mismo, encuentro que no le he
dado motivo alguno. ¿Por qué debo
culparme [1]
a mí mismo?
Ciertamente si alguno
se examina a sí mismo con detención, y con temor a Dios,
jamás se encontrará completamente inocente. Él se dará
cuenta que ha contribuido en cierta manera con alguna provocación
al actuar, al hablar, o por su manera de ser. Si encontrase que él
no es culpable de ninguna de estas, seguramente tuvo que haber lastimado
a su hermano de alguna forma en alguna ocasión previa. O quizás
ha sido una causa de irritación a algún otro hermano. Por esto,
él merece tolerar el mal por los muchos otros pecados que ha cometido
en otras ocasiones.
Otra persona pregunta
por qué se debe acusar a sí mismo, si él estaba sentado
pacífica y calladamente cuando de pronto, un hermano le ataca con
palabras poco amables o insultantes. Eso no lo puede tolerar, así
que piensa que su enojo es justificado. Si ese hermano no se le hubiese acercado
para decirle esas palabras que le inquietaron, él jamás hubiese
pecado.
Esta forma de pensar
es ciertamente la más ridícula y no tiene base racional alguna.
Pues el hecho de que haya dicho cosa alguna en esta situación rompe
el encubrimiento de su ira apasionada que lleva dentro de sí, la cual
se hace más evidente por su ansiedad excesiva. Si él quisiera,
podría hacer penitencia. Se ha convertido como un grano de trigo;
limpio y brilloso, pero al romperlo, está lleno de sucio por
dentro.
El hombre que se piensa
callado y pacífico tiene dentro de sí una pasión que
desconoce. Un hermano llega, pronuncia unas palabras poco amables, e
inmediatamente todo veneno y lodo que se esconde dentro de él son
arrojados afuera. Si desea misericordia, tiene que hacer penitencia, purificarse
a sí mismo, y esforzarse para conseguir la perfección. Él
se dará cuenta que le debió haber dado gracias a su hermano
en vez de devolverle mal por mal, pues su hermano ha demostrado serle de
beneficio. No pasará mucho tiempo cuando ya esas tentaciones no le
molestarán. Mientras más crece en perfección, menos
le afectarán esas tentaciones. Pues mientras más progresa el
alma, más fuerte y poderosa se vuelve para llevar todas las dificultades
con las que se encuentra.
San Doroteo, abad
(Oficio de Lecturas, martes
de la novena semana del tiempo ordinario)
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1. Culpar, en este sentido, significa
escrutarse a sí mismo para encontrar alguna
ira inconsciente que pueda estar cargando desde
su pasado psicológico.
Sin
publicidadsin patrocinadorsólo la simple verdad .
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